Realizando una cruda retrospectiva de mi vida, he vuelto a conectar con una reflexión que me acompaña desde hace un tiempo. Hace unos 25 años, mientras trabajaba en la primera línea de un hospital, me di cuenta de una verdad incómoda: el enfoque de la medicina moderna y su abordaje es profundamente erróneo.
Este enfoque, que lamentablemente sigue vigente en la actualidad, no está diseñado para sanar de raíz, sino para funcionar como un engranaje cíclico. Es una maquinaria perfecta destinada a perpetuar el dolor y la carencia, asegurándose de que las capacidades humanas más profundas —aquellas que aún están por potenciar— queden veladas, anestesiadas y enterradas en el olvido.
La comodidad de la soberanía delegada
Al entregar el cuidado de nuestra vida a estructuras externas, firmamos un pacto invisible. El poder que cedemos afuera nos deja completamente a merced de otros. Nos desentendemos de la responsabilidad de tomar las riendas de nuestra propia soberanía y nos despreocupamos de nosotros mismos, entrando en una desconexión total con nuestro propio ser. Nos convertimos en usuarios pasivos de nuestra propia existencia y lo peor de todo es que creemos que tiene que ser así.

Parece una locura hoy en día plantear un pensamiento invertido: la idea de que podemos tomar el control de nosotros mismos de manera responsable, entendiendo la salud en un sentido amplio, holístico y propio. Nos han educado para creer que somos incapaces de gestionarnos sin la validación constante de un profesional instruido, en muchos casos, únicamente para reconocer protocolos estandarizados y recetar fármacos.
El precio de mirar hacia otro lado
Cuando el sistema se adueña de nuestra salud (y de nuestra educación, como veremos más adelante), lo que se enferma no es solo el cuerpo; se duerme el alma. Nos transformamos en piezas mecánicas que funcionan por inercia, aceptando que la norma es vivir a medias, medicados y dependientes.
Sin embargo, cuando uno propone esta visión invertida de la realidad, la reacción colectiva suele ser el rechazo o la burla. Si el engranaje es tan evidente y el vacío que deja en nosotros es tan profundo…
¿Por qué nos cuesta tanto aceptarlo?
¿Por qué la sociedad defiende con uñas y dientes las mismas cadenas que la aprisionan?

La respuesta no está en el sistema, sino en nuestra propia mente, y en un mecanismo psicológico tan fascinante como aterrador, que nos obliga a mirar hacia otro lado para no volvernos locos. Pero de eso, hablaremos en el próximo artículo.